martes, 20 de agosto de 2013

Tos, Tos, Tos

          — tos, tos, tos.
          El grito se escucha como un débil murmullo en la lejanía, allá arriba en la Cuchilla de Helechales. Pero luego se hace más nítida la típica voz de los arrieros de ganado. Ya no quedan dudas. La manada se aproxima a los límites del pueblo. De pronto, en los caminos de La Cañabrava aparece la serpenteante columna de ganado, mientras la muchachada del barrio Corea emprende veloz carrera al puente de La Vega.
          El silencio de la tarde se llena con los efusivos gritos de los arrieros, el mugido de los toros, el relinchar de los caballos y la gritería de los curiosos niños. Sobre el río Uribante hay un viejo puente colgante de madera y en cada uno de los extremos sobresalen las columnas o pilares que sostienen las guayas y la ondulante armazón de hierro. Hasta allí trepan los niños con impresionante habilidad y luego se acomodan para disfrutar el agitado paso de las reses.
          Al frente de la tropa casi siempre viene el señor Azael García, el ganadero más prestante de la región. Se trata de un caballero en todo el sentido de la palabra. Pero si las reses se ponen “ariscas” y se niegan a seguir tras los pasos de la mansa res que sirve de “madrina”, el hombre pierde los estribos, maldice a los osados muchachos que se atreven a azuzar las reses. En algunos casos, hasta a piedra hizo bajar a muchos mozalbetes que no hacían caso al rico hacendado.
          Víctor García— padre del suscrito —, Mapanare, Hernán, Paquirri y Tomás Ceballos, entre otros, son algunos de los arrieros que llegan a la memoria. Ellos suelen conducir las manadas desde la finca "El Quebrachal” en San Miguel hasta los embarcaderos existentes en el Barrio Potreritos. La calle La Barranca muchas veces fue escenario de la valiente lidia de los arrieros con las reses descarriadas. Hacían falta hasta cuatro hombres para dominar, a punta de lazo, la res embravecida.
          Al otro día llegaban las “gandolas” a llevarse el ganado para Mérida u otras regiones. Hasta Potreritos llegaban los muchachos a curiosear el embarque de las reses. El camión se atravesaba en la calle. Casi todos esperaban a que el chófer sacara el famoso "tábano” para aguijonear a las reses ariscas. Hernán no tenía miramientos para puyar con el aparato eléctrico al muchacho sopetón que se atravesara en la armazón de madera e impidiera el difícil trabajo.
          Azael García posteriormente compró la estación de servicio a don Ismael Vargas. También se construyó la carretera hacia Palmarito. Ya no se volvieron a ver las grandes manadas de ganado atravesando las calles del pueblo. Pero aún quedan frescas las imágenes de aquella vieja costumbre local, cuando los obreros preparaban las sogas y mecates para salir hacia San Miguel y Mesones a "ganadear”. Desde El Morro, Potosí y Potrero General también subían otra manadas...

José de la Cruz García Mora

La Calle de las Mil Puertas

          La economía de Pregonero se sostiene a partir del intenso proceso de intercambio comercial que diariamente se establece entre el casco urbano y las distintas aldeas y caseríos rurales. Los campesinos bajan al pueblo invariablemente todas las semanas, no sólo para cumplir con las obligaciones religiosas propias de la fe católica, sino también para comprar los bienes y servicios necesarios para la manutención de las personas que trabajan en las distintas unidades de producción.
          La entrada de La Vega, sitio de llegada de las aldeas ubicadas al Oeste de Pregonero, era un núcleo comercial de gran movilidad económica. Allí estaban ubicados algunos de los principales comercios del pueblo, preferiblemente entre las calles 10 y 11. "La calle de las mil puertas": así llamó el periodista Hugo Colmenares al sector. Es que todas las casas estaban diseñadas con una amplia pieza delantera para negocio. La función residencial correspondía a la parte posterior del inmueble.
          Al volver la mirada hacia el pasado, la memoria comienza a poblarse de recuerdos y aparecen los nombres de algunos comerciantes que tenìan establecimientos comerciales en esta parte de la ciudad. El bar "La Estrellita" o "Los Amigos" de Luisa Molina y Leovigildo Ramírez, respectivamente, eran lugares predilectos para comenzar o terminar la ebriedad de los adultos. Por allí estuvo bastante tiempo la talabartería de Rafael Arellano, la panadería de Victorino Ramírez, la herrería de Olinto Alcedo y la carnicería de Ignacio Pernía.
          Es muy débil el recuerdo de don Pedro y Roque. Pero está más fresca la presencia del otro hermano, don Teófilo Ramírez Salas. Él solía comprar a los muchachos las chayotas, berenjenas, naranjas, cambures, tomates del monte y aguacates tomados a hurtadillas en los solares ajenos. Ésas pocas monedas volvían a sus manos al anochecer, cuando los muchachos iban a comprar entradas al cine. De pronto, aparece la figura de Hormidas Méndez sentado en la silla de cuero frente al negocio.
          Los negocios con las despensas mejor surtidas eran los de Gabriel Bustamante y José del Carmen Vivas. Ambos compraban grandes cantidades de pescado salado. El primero también vendía gran variedad de telas. El segundo despachaba cerveza y mercancía seca. También vivía don Gabriel Pernía, el más célebre "médico" o "rezandero" de la región. No puede olvidarse la ferretería de don Nicanor Moreno. Mucho antes, Miguel Suárez tuvo el depósito de gas en la actual ferretería de los Luna.
          ¿Cómo dejar en el olvido los ricos “ponqué” que vendía Tarsicio García y don Ramón Andrade, o la fresca belleza de las hijas de don Pacho Sánchez, otro comerciante del lugar? Es imposible dejar de lado la venerable estampa de los señores Juan de Dios Pernía y su esposa Anacelis, los únicos vecinos de la cuadra que no tenían un establecimiento comercial. Ella con una inmensa cabellera blanca que casi le llegaba al piso y él con la adusta prestancia del anciano venerable.     
José de la Cruz García Mora



Me Busca en la Madrugada

          Pocos viajeros en el mundo pueden darse el lujo de que el transporte público acuda puntualmente a buscar las personas en la misma puerta de la casa. Esa era una de las costumbres características de la sociedad uribantina en tiempos no muy remotos. Marcelino Medina tal vez fue el ayudante o colector con más fama en toda la geografía uribantina. Era el encargado de subir los bolsos, maletas, costales y cajas a las grandes parrillas “portaequipajes” que tenían los autobuses en la parte superior.
          Ir a San Cristóbal era toda una novedad y había que anunciarlo con bombos y platillos a todo el vecindario. Al caer las luces de la tarde, los vecinos acudían a las oficinas de "Expresos Continente" a solicitar el servicio de transporte a domicilio. Invariablemente, Don Juan María Guerrero tomaba los respectivos apuntes en un viejo cuaderno y luego entregaba la lista de viajeros al conductor del autobús, exactamente a las nueve de la noche, con las direcciones precisas de los usuarios del transporte.
           A las 4:30 de la madrugada se oía el zumbido inconfundible de las cornetas del autobús, recorriendo las calles del pueblo para recoger a los pasajeros. Uno de los más célebres conductores fue Bernardo Alcedo. Los hijos, Iván y Raúl Alcedo, continuaron luego la zaga del padre. También estaba el servicio prestado por la “Línea Unión Vargas”, aunque el autobús era el transporte preferido por las clases populares, por los precios económicos del mismo.
          La travesía hacia la capital del Estado Táchira, por los extraviados caminos del páramo, terminaba siendo una odisea, bien por los síntomas de mareo de muchos pasajeros o por la distancia del recorrido. Eran viejas carreteras de tierra, sin engransonar y casi siempre en mal estado. Un buen desayuno donde "La Turca" y la visita relámpago al Santo Cristo de La Grita, permitían revitalizar el ánimo y continuar el viaje por El Cobre, El Zumbador, Cordero, Táriba y San Cristóbal.
          "Todo niño mayor de 5 años, paga pasaje completo", decía el letrero en el fondo frontal del autobús. “Saqué la cabeza por la ventanilla, para que maree”, recomendaba algún experto a los mareados de turno. A nadie se le había ocurrido todavía usar bolsas de plástico como ahora se estila. No se sabe si por la madrugada, la multitud de curvas, la inexperiencia en el viaje o por otras causas, pero era muy pocos los pasajeros que escapaba a los agobiantes estragos del llamado “mal de páramo”.
          Nunca faltó algún pícaro que llamara por teléfono a las oficinas de “Expresos Continente” para anotar a pasajeros ficticios, como Marcelo Aranda, cuando vivía en la parte alta de la avenida, a quien Jesús Suárez hizo levantar en más de una ocasión, cuando el ayudante del bus tocaba su puerta creyendo que se había quedado dormido. El muchacho se levantaba somnoliento y juraba que él no se había anotado. Es que don Juan María ya estaba anciano y no reconocía a los muchachos de entonces…

 José de la Cruz García Mora

Novia por Correspondencia

          ¿Por qué los adultos se quejan cuando observan a los adolescentes lanzar dardos virtuales a través de la red para contactar amigos en cualquier parte del mundo? ¿Por qué la juventud actual se declara el amor por mensajes telefónicos, en vez de hacerlo personalmente, como es la tradición? ¿Por qué tienen tanto éxito las herramientas interactivas de carácter electrónico que van apoderándose del mercado comunicacional y conformando otra cultura de flirteo entre la juventud?
          La modernidad plantea formas muy novedosas en las interrelaciones humanas y los avances tecnológicos están a la orden del día, para agilizar los procesos de acercamiento interpersonal. A pesar de todo, es necesario mantener encendidas las alertas, para evitar las perversas tentaciones que ofrece Internet, cuando el usuario juvenil no es capaz de hacer uso racional del servicio. Pero es obvio que cada generación atiende a las estrategias que tiene la mano para alcanzar sus propósitos amatorios.
          En la década de los años sesenta del siglo veinte, cuando ni siquiera el servicio oficial de correo era eficiente para la entrega oportuna de la correspondencia, los adolescentes de Pregonero acudían invariablemente a la ayuda de los niños para satisfacer sus apetencias y necesidades de comunicación con las jóvenes del sexo opuesto. El niño más ingenuo, sin necesidad de tener alas o llevar porta flechas, se convertía entonces en un efectivo Cupido a la hora de entregar mensajes amorosos.
          Como los padres no permitían la visita de los novios informales a las respectivas casas de habitación, lo usual era que los enamorados se buscaran fieles mensajeros para llevar secretamente las misivas en una u otra dirección, siempre con la advertencia de que nadie llegara a darse cuenta de los encargos encomendados. Aquellos infantiles celestinos resultaron siendo cómplices inocentes de muchos amores prohibidos y hasta de sonadas fugas de muchachas reprimidas.
          Es muy inmensa la distancia existente entre la liberalidad de hoy y el conservatismo de ayer. Aquellos novios de antaño, en muchos casos, ni siquiera llegaron a conocer cuál era la sensación de un beso. En los hogares más liberales se permitían la visita del novio a través de los ventanales. Los que llegaban hasta la sala de la casa tenían el camino abierto hacia el matrimonio. Pero las madres, o los hermanos menores, siempre estaban allí, sentados discretamente a distancia prudencial.
          Un par de "coquitos", una locha, un posicle, una acema, un helado, una chupeta, una cocada, cualquier golosina, era suficiente premio para comprar el silencio infantil y asegurar que el niño “se llevará el secreto la tumba”. Pero los niños crecieron y el mundo se hizo tan liberal que ya no fue necesario contar con la complicidad de los infantes para llevar los mensajes furtivos de los enamorados. Ahora las citas viajan instantáneamente a través de la red o del celular...

José de la Cruz García Mora

lunes, 19 de agosto de 2013

En la Botica del Pueblo

          Es usual oír a los mayores hablar sobre José Vicente García, un prestante comerciante de Pregonero, quien fue Juez, Concejal y Boticario en diversas oportunidades. La memoria del suscrito alcanza a recordar tenuemente la imagen del anciano, en los últimos días de su vida, una vez que retornó a Pregonero y montó el expendio de medicinas en la esquina suroeste del cruce de la calle 8 con Carrera 2. Allí posteriormente se estableció el negocio de don Bruno Ramírez, mejor conocido como “Cachón”.
          Más frescos son los recuerdos sobre el bachiller Briceño, quien terminó los días como dependiente de la misma botica. Para la época, el título de bachiller no lo alcanzaba cualquier mortal. El mismo era símbolo de estudio, preparación y prestigio. No es como ahora que proliferan los ilustres iletrados, según dicen las malas lenguas. Aquel hombre ponía toda la sapiencia en la atención del público, ofreciendo el remedio preciso para aliviar el dolor de los enfermos, según el récipe médico.
          Tampoco se puede borrar de la memoria la imagen venerable de don Blas Guerrero. Él era propietario de la botica ubicada a media cuadra de la Plaza Miranda. El inmueble fue adquirido posteriormente por Amable Contreras. Nubia y Belkis Guerrero, las hijas de aquel caballero, lograron robar más de un suspiro a los muchachos de entonces. No se sabe si los jugadores de Ajedrez iban allí a cazar una partida del deporte ciencia con don Blas, o acaso a observar furtivamente a las simpáticas muchachas.
          El tiempo pasa de manera inexorable. Otros propietarios asumen la administración de los expendios de medicinas, ahora bajo la modalidad de farmacias. Durante varios años la Farmacia Auxiliadora fue administrada por la doctora Corina. Ella era una dama que llegó al pueblo con la misión de regentar el negocio en su tipo más antiguo de Pregonero. El establecimiento farmacéutico se ubicó frente al cine del pueblo, el cual posteriormente pasaría a ser la Casa de la Cultura.
          Así mismo, en los últimos años, como Farmacéutico Profesional, Yovanny Mora ha asumido las riendas de otros establecimientos, como la Farmacia El Trópico y El Trópico I. Además, existen otros expendios de medicinas en las adyacencias del Centro de Salud y en la Plaza Miranda. La propietaria de esta última farmacia es la señora XXXXXXX Mora. La otra forma parte de las políticas sociales fomentadas por el gobierno de Hugo Chávez para abaratar el costo de las medicinas.
          El tránsito de la botica a la farmacia también sirve para registrar los cambios sustantivos en la estructura social y económica de Pregonero. Muchos hombres y mujeres han pasado en calidad de dependientes por aquellos establecimientos. Ellos, desde el anonimato, han hecho innumerables aportes en la esmerada atención de los clientes, precisamente en las circunstancias más apremiantes, cuando las dolencias del cuerpo reclaman el humanismo de los empleados de turno.
José de la Cruz García Mora



Póngale un telegrama

          No hay límites cuando la imaginación humana se proyecta hacia la fantasía y comienza a volar libremente en el firmamento, como un papagayo multicolor y aerodinámico, movido por las cálidas y frecuentes ráfagas de las brisas de agosto. Al llegar las vacaciones escolares y quedar libres de las diarias responsabilidades de la escuela, con hedonismo infantil, la muchachada se entregaba con deleite a la sana distracción, buscando el sentido lúdico de la libertad en el vuelo de las cometas.
          El azulado cielo se llenaba entonces de atractivos papagayos, cometas, barcos, estrellas, pico ´e loros, entre otros volantines de construcción artesanal. El cielo uribantino era la expresión policromática de la fecunda imaginación infantil. Aquellos niños y jóvenes no habían recibido lecciones de Aerodinámica, Meteorología, Física o Geografía. Pero todos esos conocimientos se aplicaban empíricamente en el diseño, confección y vuelo de los mágicos juguetes voladores.  
          Casi todos los niños y jóvenes eran verdaderos expertos en el arte de la confección de cometas, la medición exacta de los frenillos, la preparación de la cañabrava o los cañutos, la decoración de las alas y otros elementos estabilizantes, o la elección de puntos estratégicos para el aprovechamiento del viento. Aquella era una distracción mágica y todos creían firmemente en la posibilidad de invocar el viento con un silbido que no tiene transcripción onomatopéyica.
          Pancho Viloria tal vez fue el más célebre constructor de papagayos en El Calvario. Samuel Vivas tuvo fama en el sector del Mercado y Epifanio Lacruz en la parte alta de la avenida José Ramón Torres. ¿Cuántos otros lograron la perfección en este arte popular en diferentes años? Lo malo de las manifestaciones colectivas es que precisamente carecen de autoría definida. La Popita, El Calvario, El Bordo de Corea, las escaleras de Potreritos eran lugares predilectos para alzar vuelos.
          Pero ningún lugar como los potreros propiedad de don Abdón Pernía, ubicados entre los Barrios Santa Lucía y Colinas del Uribante, donde cada tarde se reunía la muchachada a plantear las acrobacias aéreas o la estabilidad absoluta de los volantines. Pancho Viloria subió una vez hasta las cumbres de El Bolón para elevar un gigantesco papagayo. Los testigos dicen que llevó más de diez rollos de Nylon, hasta que se hizo un punto en el horizonte y no pudo bajarlo por la fuerza del viento.
          También se hacían los clásicos contrapesos, con dos piedras atadas en los extremos por una pita, con la intención de “Cazar cometas” y robar pábilo. Pero lo más emocionante era enviarle los célebres telegramas a las cometas, cuando ya no quedaba más cuerda para soltar. Era el clímax de la emoción infantil, porque se había alcanzado el límite de las posibilidades. Nadie sabe de dónde salía el papel, pero siempre había un telegrama para enviar a través del ondulado y tenso pábilo…
José de la Cruz García Mora



Exquisita y melodiosa voz

            La función primera de artista es crear arte. El reto de figurar en las actividades relacionadas con el ambiente artístico, es menos difícil que mantenerse en la cresta de la ola, recibiendo el reconocimiento y apoyo entusiástico del público por años. Algún autor escribió con gran acierto: “Si alguien se proclama artista, debe demostrarlo con obras, no con palabras”. El talento escondido es un verdadero desperdicio. Incluso puede tener potencial y calidad. Pero si no se explota, es como si no existiera.
            Pregonero ha sido una cantera de calidad artística, especialmente en el ramo del canto. Exquisitas y melodiosas voces han llenado los escenarios locales con el derroche de talento y calidad interpretativa. En buena parte de ellos no hubo ánimo de lucro, sino entrega y pasión por el oficio: “puro amor al arte”, como dice el adagio popular. Tal vez por las leyes del mercado, o por circunstancias propias de la vida, ninguno tuvo la oportunidad de vivir del arte, pero es seguro que todos vivieron para él.
            Es imposible olvidar la voz delicada, el acento lírico o la pasión interpretativa de que hacían gala las jóvenes Vita Pérez, Carmen Avellaneda o Carmen Mora. Entre los años 70 y 80 del siglo XX, cada cual en su momento, ellas hicieron del canto el vehículo para expresar la emotividad del sentimiento y la alegría de vivir. No había que rogarles para que subieran al escenario a mostrar la pasta de la que estaban hechas. Son imágenes que se conservan frescas en la memoria.
            Walter Márquez tuvo la oportunidad de grabar un par de canciones en un disco de vinilo en 45 rpm. Los mayores hablan maravillas de aquella voz sonora y viril. Para el suscrito son más frescos los recuerdos de Walter Mora, Guzmán Mora, Pedro Avellaneda, Antonio Alejandro y los hermanos Vargas: José del Carmen, Gustavo y XXXXXXXXX. En actos culturales o festivales de la canción, ellos siempre estaban allí, cultivando la veta artística y derrochando talento en cada una de las interpretaciones.
            Algunos nombres se quedan en el tintero. El recuerdo sobre ellos es más débil: algunos emigraron del patio y otros jamás volvieron a llenar los escenarios con su presencia y calidad interpretativa. Pero no se pueden olvidar los nombres de Yaira () y Milena Contreras, José Gregorio Solórzano, Roque y Juan de Dios Mora, Aureliano Contreras, Juan Pablo Marcano, Javier “El Pollo de los Andes” Contreras, Franci Avellaneda y otros jovencitos que comienzan a hacer carrera musical como aficionados.
            A Pedro Soto hay que reconocerle la persistencia y la entrega al arte de componer e interpretar música serranera. Él fue el iniciador de esa cantera de grupos e intérpretes que ahora proliferan en la comarca, con producciones musicales de carácter comercial. Pero esta crónica está consagrada a divulgar el aporte de aquellos artistas del patio que destacaron en Pregonero como aficionados, aunque algunos de ellos posteriormente lograron producir sus obras discográficas.
José de la Cruz García Mora